Ayer fui testigo de una discusión familiar que me afectó medianamente. Medianamente porque, por una parte, la familia en cuestión, era la mía y, por la otra, porque, por suerte, no me veía involucrado personalmente.
Quién no se ha visto envuelto en una discusión familiar, en la que dos miembros de la misma, tiran de uno con fuerza de cada brazo, como si quisieran amputártelos, obligándote a posicionarte en uno u otro bando, cuando realmente, por tu opinión, situación y forma de ser, te resulta imposible hacerlo, porque encuentras lógicos argumentos en ambos, pero tolerancia cero. La sensación de desesperación e impotencia es indescriptible y, realmente, uno desearía escapar de todo aquello, aunque fuera muriendo o enviándolos a todos a la mierda, al comprobar que ninguno de los dos, es capaz de ponerse en el lugar del otro.
No ver más allá, no ser capaz de comprender que no se puede exigir que todo el mundo sea como es uno mismo, es lo que más desespera. Es entonces, cuando las relaciones familiares, resultan difícilmente digeribles.